Hasta ayer no había oído hablar jamás de Rick Wilking. Seguro que ustedes tampoco. Pero el hombre, sin duda, merece una columna. Tal vez incluso un Pulitzer. El tal Wilking es un fotógrafo que el miércoles por la noche tomó en la reunión de la ONU una instantánea brutal, demoledora; una foto que sintetiza la miseria humana y desmitifica los más trillados lugares comunes. Una foto que vale por las enseñanzas de toda una vida. Hoy estará en todos los periódicos del mundo, incluido éste. La imagen refleja unos cuantos papeles encima de una mesa, el inconfundible perfil del presidente de los Estados Unidos, George Bush, y su mano acabando de escribir un mensaje en una nota: «Creo que podría necesitar ir al cuarto de baño. ¿Es posible?». La solicitud, como ven formulada con todo tipo de precauciones, como lo haría un ser sin poder hacia otro que sí lo tiene, iba dirigida a Condolezza Rice, la secretaria de Estado. Así que se puede ser el hombre más poderoso del mundo, invadir países sin pedirle permiso a nadie (¿se imaginan algo del tono «Creo que podría necesitar invadir Irak, ¿es posible?»), tener el mundo en un puño y, sin embargo, no poder decidir directamente si puedes aliviar tu vejiga o te tienes que aguantar. Wilking tiene para siempre mi eterno agradecimiento por constatar esa verdad inmutable que dice que los ricos también lloran, que la felicidad está en las pequeñas cosas y que, como decía el clásico, no somos nada.