UNA DE LAS aventuras de ser padre reside en recibir preguntas que se formulan por primera vez y emitir respuestas con una credibilidad imbatible. Por eso, desde que mis hijos han mostrado señales inteligentes, he intentado responder con honestidad a cada una de las preguntas que me han disparado. Y no es fácil. La tópica pregunta turbadora sobre de dónde vienen los niños no es más que eso, un tópico. Su respuesta es tan fácil que la comprenden hasta los más pequeños, pero intenten explicarle a un niño de cuatro años qué es un gas; o construir una teoría sobre el origen de todo sin apoyarse en las creencias religiosas sino en la ciencia; o dulcificar la angustia que genera pensar por primera vez que todos morimos. También nosotros. Y también ellos. La cosa tiene su miga. Con todo, cada pregunta supone un reto cuya dificultad crece con ellos y por eso, cada vez que vuelven a preguntarnos cualquier cosa ratifican una relación de extrema confianza que desearías que se mantuviese para siempre. Ayer, mientras desayunábamos en silencio, la radio emitía un boletín de noticias. El primer titular pasó sin llamar nuestra atención. El segundo cayó como una bomba. Y, a continuación, una niña de 10 años: -¿Qué significa violación de bebés? Fue la primera vez que mentí deliberadamente en mi respuesta, aunque tal vez no lo hice: -No lo sé. Apagué la radio y, francamente, deseé no haberla encendido.