CUANDO Juan conoció a Pedro éste le dijo que la limpieza era una cuestión cultural. Una forma suave de advertirle que pasaba tres pueblos de ducharse a diario y que si le molestaba su olor corporal que arreara. Tuvieron que vivir juntos por circunstancias. No tenían un chavo. De la obligación nació una amistad inquebrantable, que perdura pese al paso de los años, los desplantes, los mosqueos y los malos rollos. Aquel Pedro tan poco amigo del agua es hoy en día un metrosexual en toda regla. Va al gimnasio, hace footing y come sólo alimentos sanos. Está hecho un pincel. Pero es que su amigo Juan no le va a la zaga. Usa un champú especial y una mascarilla para el pelo y al salir de la ducha se pone crema de contorno de ojos. El día que se afeita es peor. Hasta cuatro potingues se unta en la cara entre jabón para antes del rasurado, aceite preparador, crema de afeitar y aftershave a base de aloe vera. Quién les ha visto y quién les ve. Esos tipos duros se han convertido en auténticos metrosexuales. La semana pasada coincidí con ellos en una tienda. Aluciné. Juan llevaba un bolsito muy mono y acompañaba a su amigo Pedro a comprarse otro de estos complementos antes reservados sólo a mujeres. «Es que son muy útiles», se disculpó al verme la cara de flipe. Yo no me corté y les dije: «Ya, ahora lo que os falta es compraros los bolsos a juego con los zapatos». Me reí, pero hoy de mi hombro también cuelga un bolso. O son muy útiles o me estoy metrosexualizando. Ya veremos.