No apto para celosos

Alberto Mahía REDACCIÓN

SOCIEDAD

PACO RODRÍGUEZ

Reportaje | El movimiento «swinger» en Galicia El fenómeno del intercambio de parejas tiene acomodo en dos locales instalados en la comunidad, aunque la irrupción de Internet ha traspasado los contactos a la Red

21 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

Grupos de personas sin otro vínculo que el de hacer el amor en comandita se reúnen los fines de semana en los dos locales que hay en Galicia para parejas liberales. Uno está en Santiago ( Dos + Dos ) y el otro en Vigo ( Noches de embrujo ). El método empleado para calmar los ardores de la lujuria es siempre el mismo -el marido presta a la esposa y la esposa presta al marido-, también su planificación, que se inicia con una copa, un guiño o una carantoña. Así comienza un empacho de caricias. Las parejas no se conocen entre sí, más allá de las presentaciones que se intercambian para resolver las cuestiones logísticas e infundirse ánimos. Una vez formada la cofradía, sus integrantes planean minuciosamente las vicisitudes del juego. Quizá sea esta especie de fraternidad anónima y aleatoria lo que agigante la morbosidad de estos encuentros. El responsable de Dos + Dos tiene claro que lo que busca la gente que acude a su negocio «es el morbo, dar rienda suelta a sus apetencias sexuales». Jóvenes y mayores que nunca reunieron valor suficiente para lanzarse a estos encuentros con amigos o compañeros de trabajo encuentran, a través de estos clubes, almas gemelas con un propósito idéntico; y esa alianza les brinda la fuerza suficiente para infringir las leyes de lo corriente sin más límites que los horizontes de su capricho «y del sentido común y el respeto», matiza el propietario de Dos + Dos . En estos sitios todos gozan de su correspondiente y nutrida cuota de sexo. Son lugares donde las camas parecen fincas. Huelga añadir que estos aplicadísimos amantes exprimen todas las posibilidades combinatorias del coito. Es difícil hacer un retrato robot de los ususarios de este tipo de ceremonias -también conocidas como swingers -. Parece que sólo les une la apetencia de hacerlo en grupo, pues por lo demás, «hay de todo». Los que acuden a esos encuentros se mueven entre los 30 y los 40 años, mayoritariamente matrimonios y «pertenecen a todo tipo de estratos sociales. Acuden incluso personas conocidísimas, desde altos ejecutivos a obreros de la construcción. Jamás imaginarías quien viene por aquí», explica un empresario del sector. «Hay mucha más gente de la que nos imaginamos. Sólo decir que los fines de semana el negocio está lleno», concluye. El temor a acostarse con gente sin saber muy bien en qué manos se puede caer es la principal barrera de los que se inician en el intercambio de parejas. Coinciden los responsables de este tipo de locales que los interesados en probar no han de tener temor de encontrarse frente, sobre o debajo de un tipo salido, cuando no con un psicópata que les mire con ojos engolosinados. «Que no tengan miedo, pues si de algo nos preocupamos y estrechamos precauciones es en cuidar al cliente», resalta un industruial del sector. También dificulta la práctica swinger cierta manía que cultivan algunos de sus usuarios, consistente en disfrazar su sexo o la naturaleza de sus inclinaciones sexuales. «Nadie se quejó todavía, jamás nos hemos encontrado con un problema de ese tipo», advierten. Normalmente, las camas terminan como uno de esos puzzles de diez mil piezas que componen un paisaje alpino. Hay mil posibilidades. Una es que mientras la parienta se dedique al trabajo de campo, el pariente se dedique a mirar y a observar. Hay más. En una cama gigante, en un jacuzzi o en el mismísimo suelo, se entrelazan parejas de novios, matrimonios y hombres o mujeres que acuden solos con el objetivo de que les dejen participar. Hay, incluso, «los que sólo van a mirar. Miran a su esposa con otro hombre o miran a una pareja de desconocidos, siempre y cuando a la pareja no le importe, claro está», explica el dueño de Dos + Dos . Y advierte: «el que prueba, repite». Para acceder a este tipo de locales sólo hay que abonar una entrada cuyo precio oscila entre 35 y 50 euros por pareja, con derecho a dos o cuatro consumiciones. Lo que venga luego es gratis. «Aquí no existe y jamás permitiríamos la prostitución», aclaran los responsables de los negocios. Añaden que estos son lugares «muy serios, donde se reúnen personas que buscan privacidad y que lo que pasa dentro, queda ahí dentro». Presumen también de que el ambiente es tranquilo y prometen que las personas que acuden no van con la idea del «aquí te pillo, aquí te mato». Siempre hay una conversación previa entre las parejas, un primer contacto en el que «si se caen bien, adelante, y si no, se busca a otra y punto». El psicólogo coruñés Eugenio Castro cataloga este tipo de encuentros como «una opción del todo respetable de cualquier pareja sin tabúes, liberal y que sólo quieren experimentar, dar rienda suelta a sus sueños sexuales». Aclara que «no son enfermos, ni padecen taras o desviaciones sexuales. Su placer es ese y hemos de respetarlo». Fenómeno en la Red Para hacerse una idea de la cantidad de personas que practican el intercambio basta con echar un vistazo a Internet. Cientos de páginas dedicadas a foros o contactos explican el boom de este fenómeno. Juana y Mario -nombres ficticios- son un matrimonio vigués que de tarde en tarde acude a uno de estos locales. Cuando el gusanillo del swinger se les inflitró en sus venas no tenían más de 29 años. Han pasado ocho y ni se sabe cuántas experiencias han tenido. «La primera vez estábamos muy cortados. Pero sólo fue al principio. Pronto espabilamos y la experiencia fue tan placentera que desde entonces, cuando nos apetece, volvemos», explican. Preguntados si alguna vez se encontraron con una mala experiencia, dicen que nunca, pero «es cierto que no siempre resulta igual de bonito». Recuerdan que antes de pasar a la acción siempre hay un acercamiento y «si no hay feeling se busca a otra pareja y punto».