MI OPINIÓN sobre el género humano oscila, a menudo, entre dos polos. O bien somos todos unos santos o bien unos pedazo de cenutrios. A ver si me explico: o somos tontos o unos infelices. ¿De qué otra manera es posible comprender la euforia provocada por el embarazo de Letizia? Pensarán que exagero. Pero es que aún conservo grabada en el fondo de la retina la imagen de un tipo que felicitaba ayer al príncipe. Subido a un andamio, hacía el signo de la victoria. Eso me ha traumatizado. También ayer, vi a una muchedumbre apelotonada en la plaza del ayuntamiento de Mallorca. Llevaban pancartas y lágrimas en los ojos. Y más tarde, hasta Mariano Rajoy se puso colorado, de pura conmoción, al felicitar a los príncipes. Hoy en las peluquerías -asómense, si tienen huevos- las señoras se esponjan de orgullo y aletean. Las cosas son así, en este país. Completamente desorbitadas. Aquí perseguimos a los ecuatorianos con palos y con piedras, matamos a los bebés a martillazos, defenestramos a nuestras señoras si nos pierden el respeto. Aquí bailamos «se me enamora el alma» soñando con Cachuli y empeñamos la casa para pagar la comunión de la pequeña. Aunque, ahora que lo pienso, lo peor de todo (o lo mejor, según se mire) es que, toda esa gente a quien regocija la continuidad de los Borbones, votaría, sin dudarlo, por la instauración de otra República.