Otra vida

BLANCA RIESTRA

SOCIEDAD

MADRID, en este largo fin de semana, se asemeja a un paisaje extraterrestre. La ciudad está desierta y reina un sol frío y cálido al mismo tiempo. Las plazas, alrededor del Viaducto o junto a la calle de Segovia, están llenas de terrazas donde los guiris toman carne a la brasa o café con hielo. Bajo unos árboles en la Plaza de la Cruz Verde -que me recuerda un poco a Fonte Sequelo en Santiago-, alguien ha echado por azar una heladería que se llama Freddo Freddo o algo así. Nos sentamos allí. Yo observo como se mueven las ramas de los cerezos tras la tapia. Más tarde, cuando ya la sobremesa pesa como la muerte -a veces ocurre- da gusto sumergirse en el cine Luna que está fresco y semivacío y en la película de asesinatos políticos y bufandas enroscadas. Pero la película se acaba y luego viene la vida y vuelven las ganas de escapar. Es triste pero la llegada del buen tiempo me llena de penas -como los fados-. El sol me trae recuerdos de cosas no vividas, por ejemplo de los trenes de Tozeur, recuerdo por ejemplo el olor a brillantina en pueblos fronterizos junto al desierto..., fragmentos todos de canciones melancólicas de Franco Battiato y Domenico Modugno. Es triste decirlo pero la primavera, con sus veleidades, siempre me llena de ganas de escapar. Y es que, como decía el siciliano, «Se quiere otra vida».