GRACIAS. Es lo único que se me ocurre decirle a Rosina Gómez Baeza, la directora de la feria de arte Arco. La cosa está lista para empezar. Pero ojo. Que no es para que vaya cualquier hijo de vecino. El negocio está acotado. La organización ha decidido pegarles una patada para arriba a los precios de las entradas. Objetivo: evitar las aglomeraciones. Que igual se socializa demasiado la cultura. La amiga Rosina se despachaba así en una reciente entrevista: «No nos cabe duda de que Arco es interesante y que es muy popular y didáctico, pero requerimos un mínimo esfuerzo, como la gente que paga por ir al teatro, al fútbol o a conciertos como los de U2». Bla, bla, bla. En el terreno práctico, usted tendrá que cotizar, según el día, entre 30 y 24 euros del ala para poder entrar. ¿Los estudiantes? Entre 20 y 17. Claro que sí. Que los chavales van sobrados. ¿Y así se eliminan las barreras sociales? ¿Así se democratiza? ¿Así se incentiva la inquietud del que quiere perderse entre formas y colores? Para nada. Y cualquier excusa barata para justificar decisiones como la que nos ocupa se estampa de bruces contra la terca realidad. Si tienes 30 euros pasas. Y si no, fuera. Por eso, Rosina, gracias de nuevo. De parte de todos los que no podrán visitar su euroarco por motivos económicos. De todos los que se quedarán en la puerta. Sólo espero que no cunda su triste ejemplo. Porque es mezquino. Porque es de peseteros.