Desde hace meses la veo cada día. Varias veces. Es un residuo, un poco de basura plástica que alguien perdió pero que nadie toca. Es una flor artificial que brotó en el garaje comunitario y cuyo descubridor no tuvo el suficiente valor para tirar a una papelera. Las flores no se tiran. No mientras parecen flores. Así que la prendió de una pequeña tubería sobre el paño de la llave que abre la puerta del garaje y allí se ha quedado. Está como se suelen dejar las cosas que se pierden; como se deja un guante extraviado o el calcetín que se ha caído de un tendal. Aunque nadie tiene interés en recogerla, pero mucho menos en hacerla desaparecer. Así que la flor de plástico se ha convertido en el único rastro de belleza en el desolado paisaje de un garaje de cemento. Cualquier vulgar margarita nacida en el último trozo de césped de una ciudad contaminada sería infinitamente más bella que la flor de plástico. Pero sólo lo sería durante unas horas. Sin embargo, la flor de mi garaje siempre está igual. Tal vez con un poco más de polvo, pero sus pétalos siguen tersos y fuertes. Y en la penumbra de las cuatro paredes de cemento en las que dejamos el coche es imposible discernir que no tiene pistilos y que, en su base, asoman un par de hilos, también de plástico. Para todos los que pasamos a diario por allí, es una flor; un instante de todo aquello que nos gusta en medio de un día que nos disgusta. Por eso sigue allí y tal vez nunca la retiren. Porque es tan rara y tan necesaria como un te quiero