TENÍA 29 abriles cuando murió. De frío. Su cadáver fue encontrado el 15 de enero del año pasado. Sobre unos cartones. Con una manta. Y con la sangre hecha cristales de hielo. ¿Dónde? Muy cerca de usted. En una de las entradas al campo de Pasarón. Su nombre, Miguel Ángel. Su condición, un sin techo. Por aquellas fechas la prensa narraba una fuerte bajada de las temperaturas. Igual que ahora. ¿Por qué me he acordado precisamente ahora de Miguel Ángel? Si hay que ser sinceros, por dos motivos. El primero, el infierno ártico que se nos ha echado encima. El segundo, la noticia que se contaba el fin de semana en un informativo estatal. Decían que en Barcelona se había preparado un «dispositivo especial» para proteger a los indigentes del gélido aliento polar. Decían que se iba a «informar» de la existencia de albergues a las personas que se acurrucan en aceras y soportales. Decían que la Policía Local saldría rauda cuando el termómetro escupiera los cinco bajo cero. Cinco grados bajo cero. Ése, decían, era el límite. La fina línea. ¿Y si hay cuatro bajo cero? ¿O tres bajo cero? ¿O dos bajo cero? ¿O uno bajo cero? Al parecer, ya sería otra historia. Menos urgente. Menos preocupante. Ojalá los cinco bajo cero hayan caído rápido. Muy rápido. Para que saltasen las alarmas. Porque, la verdad, yo no sé lo que reflejaba el termómetro cuando Miguel Ángel se murió tiritando. No sé si marcaba cinco bajo cero. O cuatro. O sólo uno.