SON 218 minutos los que los españolitos le dedicamos cada día a pasmar frente a la caja tonta. No lo digo yo. Lo dice un exhaustivo estudio sobre audiencias. ¿Mucho? ¿Poco? Juzgue usted. Pongamos una esperanza de vida de 80 años y partamos de que el sujeto comienza a tragar pantalla a partir de los 10. Dejémosle, al menos, la más tierna infancia en libertad. Pues bien. El amigo se pasará 3.850 jornadas completas (con sus días y sus noches) viendo la tele. O lo que es lo mismo, más de diez años y medio. ¿Qué? ¿Asusta? Pues es lo que hay. A ésto que cada uno le reste lo que le dedica a dormir y a trabajar. Y lo que le quede es, más o menos, lo que le quedará de vida a nuestro ciudadano. De vida real, claro. De la que tiene sustancia. ¿Qué se puede hacer en diez años y medio? De todo. Poner ejemplos sería una tontería. Cada cual a lo suyo, quiero decir. Pero seguro que cualquier cosa que se le pase por la cabeza es más interesante que narcotizarse con realitys, anuncios o con los milagros de la duquesa de Alba, Farruquito, Fran Rivera y la madre del cordero. O payasadas al uso. Usted haga lo que le plazca. Que de eso se trata. Pero el que suscribe tiene previsto darle carpetazo a la cuadratura de la pantalla. Tirar el mando. Y hacer un apaga y vámonos. Diez años de vida es mucho botín como para no gastarlo bien gastado. Para no exprimirlo. Hasta sus últimos 218 minutos. Sin perdonar ni uno.