APARTE de las consideraciones pertinentes de piedad -tan cómodas en Navidad- no estaría de más aprovechar las últimas catástrofes para hacer un pequeño ejercicio de auto examen. Los límites éticos de la libertad de prensa (en este caso de la prensa gráfica) son fluctuantes, sometidos a imperativos de oferta y demanda, y en la mayor parte de los casos, simplemente, no existen. Sí, se evita reproducir cadáveres reconocibles, es decir, españoles, -no indonesios o iraquíes- pues ello puede dar lugar a demandas judiciales onerosas. Y es que, reproducir un cuerpo despedazado, calcinado o deshecho es una violación de la dignidad del fallecido así como una ofensa a los familiares que lo sufren. La muerte es un acto privado que todos tenemos derecho a ejercer en la intimidad. Recordemos el 11-M. En estos últimos días, he sentido un profundo malestar ante la continua y complaciente cobertura televisiva del desastre del Índico. ¿Por qué? -se preguntarán- ¿acaso no estamos ante una actividad solidaria encaminada a fomentar la empatía global? Quizás, pero subyace algo irrespetuoso en la acumulación de imágenes de cadáveres lejanos, hay algo obsceno en la filmación de esos seres famélicos que extienden las manos hacia un helicóptero con cámara, esos seres que lo han perdido todo y que imploran para conseguir un kilo de arroz o un brik de agua.