«TIENES 52 substancias químicas disueltas en tu sangre». Me lo dice Chus. Esa amiga ecolo-natu-pacifista que todos tenemos. La misma que cultiva un extraño hongo que come en lugar de yogurt. «Es que sabe Dios lo que le echan para que se conserve tanto tiempo», se justifica. Las chicas como Chus apenas comen carne y hablan pestes de la medicina tradicional. Para ellas los antibióticos son chungos porque aniquilan tus defensas y los médicos son una especie de tipos insensibles que te atiborran a pastillas a las primeras de cambio y no te hacen ni caso. «Lo que hay que hacer es estimular tu cuerpo para que se autocure», te espeta mientras te cuenta lo bien que va no sé que planta para el catarro. Las chicas como Chus adoran lo oriental. Sobre todo la medicina china. También confían a ciegas en la homeopatía y en el poder de los aceites esenciales. Todo menos tomarse un frenadol, como todo quisqui. Creen que el mundo va fatal y te cuentan que cada año hay más virus. Como si hubiera alguien esparciéndolos por ahí adrede. Eso sí, mientras te explica su peculiar teoría de la conspiración se enciende un pitillo como si tal cosa y cuando le dices que el tabaco sí que es malo para la salud te responde: «Ya lo sé, pero es que no lo puedo dejar». Y digo yo ¿qué lleva a alguien a privarse del chuletón de ternera por salud mientras sigue inundando sus pulmones de nicotina y alquitrán? Más chicha y menos humo. Digo yo.