Control de vicios

SOCIEDAD

19 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

CERCA de la cinematográfica estación central de Nueva York existe un tugurio inmundo al que se accede por una especie de portalón camuflado que protege a los clientes de las ilegalidades que se cometen en el interior. El antro, cuya dirección no encontrarán en guía turística alguna, es probablemente un negocio pionero en su especie. En su interior, tamizado por una permanente y espesa neblina azulada, algunos neoyorquinos se entregan con el solaz que sólo proporciona lo prohibido a un vicio letal, horroroso, egoísta: el tabaco. La existencia de locales como el descrito prueba, en realidad, que la debilidad humana es de una persistencia a prueba de leyes. Incluidas las que prohíben intoxicarse los pulmones en la playa, en vigor en algunas zonas de Estados Unidos, y con muchas probabilidades de convertirse en el modelo a imitar. Un modelo que, bajo la noble excusa de la preservación de la salud colectiva, está infantilizando a los ciudadanos y convirtiéndolos en sujetos a los que el Estado ordena de qué pueden morirse, con qué pueden drogarse e incluso con qué tipo de televisión tienen que adocenarse. Librada ya -¿y ganada?- la batalla contra el tabaco, la más reciente declaración de guerra es la que afecta a la comida. Y como con el pernicioso vicio de fumar se ha elegido la opción de prohibir. En diez años, además de cigarrillos, en el antro de la estación central se consumirán hamburguesas.