MANOLO, querido. El otro día me bajé del Emule un concierto de El Último en Valencia. Debía de ser de 1988 o por ahí. Lo escuché con gusto, pero también con pesar. Me acordé de tus pantalones de pitillo y de aquella mano revoloteando alrededor del micro. De una energía que te salía del corazón y que te lanzaba dando botes por el escenario mientras recitabas hermosas y salvajes poesías. En la radio escucho tus nuevas canciones. Ya no sé si son del último disco o del anterior. Pausadas, seguras, dulces y blandas, producto de la evolución, supongo, de la maldita evolución que nos ha convertido en tipos pausados, seguros y blandos. En unos puretas. Ya sé que no compones tus canciones para ser el número 1. Ya sé que eres honesto a carta cabal, pero permíteme que yo también sea honesto y te diga que eras mucho más grande cuando te subías al mecanotubo voceando que te dieran paso, que eras el loco de la calle o que te sentías como un perro viejo cada vez que ella, con sus fauces de loba, cerraba a sus espaldas la puerta de la habitación de un hotel barato. Ahora te escucho, Lico Manuel, tu canción sobre un estanque de libélulas azules y me siento cansado. Un poco vencido, un poco funcionario. Y no sé si has perdido la fuerza para llegarme al corazón o si es mi corazón el que ya no siente ninguna llamada. Debe ser que ellos tenían razón y el mundo es demasiado grande. Aunque entonces no lo parecía. Gracias por todo, Manolo.