EL CAPITALISMO nos ha enseñado que no hay por qué preocuparse de nada. Que el Estado no debe interferir en los asuntos de la economía. Que el mercado, que es muy listo el tío, se autorregula gracias a la sagrada ley de la oferta y la demanda. Dice este dogma que si un grupete necesita veinte litros de cerveza al mes y sólo se producen diez, el zumo de cebada subirá de precio y que sin duda habrá quien empiece a producir más hasta saciar la demanda. En general, la dichosa ley funciona de perlas en todo lo que nos perjudica. Que la resistencia iraquí se carga un oleoducto, pues no pasa un día y ya sube el gasóleo y necesitas tres euros más para llenar el depósito. Pero no es culpa de nadie. No hay nadie con quien cabrearse. Son cosas del mercado. De la oferta y la demanda. Del capitalismo, que es muy cuco el tío. Ya. Sin embargo, la ley del mercado no funciona jamás para favorecer al personal del común. Vamos, que cuando los soldaditos de Bush han conseguido cepillarse a los saboteadores y el oro negro llega de nuevo a borbotones a las refinerías no se produce el efecto contrario. El gasóleo, la gasofa, la dichosa sulfa sin la que este planeta no funciona no baja ni a tiros. El precio se mantiene y ahí nadie menta a la ley del mercado. Nadie nos tortura con la oferta y la demanda. El dogma queda olvidado hasta la próxima subida. Que no tarda. Y que la tipa del telediario justifica como si trabajara en una petrolera. Harto me tienen.