Los organizadores de la Peregrinación de Jóvenes resaltan la «calidad» de los 30.000 participantes La Iglesia dice que los muchachos que han invadido Santiago no responden a tópicos
05 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.?s una invasión en toda regla -los propios organizadores utilizan el término-, pero de jóvenes «normales, buenos y de calidad». Y muchos. El responsable episcopal de la Peregrinación Europea de Jóvenes, Roberto Martínez, se refería así a una juventud que ni está perdida ni responde a ninguno de los tópicos actuales y que, hasta el domingo, hará bandera en Compostela de la catequesis de masas. Los 30.000 europeos que asisten al encuentro no cabían todos en el Obradoiro. Pero unos cuantos miles participaron en el acto de bienvenida que se celebró a media tarde. Los huevos a Santa Clara surtieron efecto. Las únicas gotas eran lágrimas y sudor. Por la rúa do Franco entraban apretados tropecientos italianos entonando el «¡Volare, oh, oh!». Antonio Cano, cura responsable de la Congregación Mariana de la Asunción de Madrid, fumaba en pipa y lucía una vistosa combinación de sombrero, clergiman y bermudas; sus muchachos repetían a pecho partido que santo, santo, santo es El Señor. Semejante cantidad de energía juvenil era digna de un anuncio de Colacao. Hacia las seis, la plaza se llenó. «¡Todo peregrino, tiene un deseo, llegar a Santiago con mucho meneo! Meneo por aquí, meneo por allá...». Eran los chavales valencianos de Ontinyent, también jóvenes «de calidad» que le abrían paso a un numerosísimo, uniformado y masculino grupo de machotes franceses a la vieja usanza que llegaban ondeando banderas al viento y entonando, marciales y repetitivos, el Eultreia. «¡Que bote la monja, que bote la monja!». Y botó una sor de negro y saltaron dos hermanas de blanco con hábito y chirucas. Entre llantos de emoción, abrazos descontrolados, alegría desbordada y catecismo a flor de piel, un speaker se dirigió al público desde la puerta de la catedral, justo después de que las campanas tocasen a rebato sin más peligro a la vista que una insolación. «Buenas tardes, peregrinos que venís de las diferentes regiones de España», proclamaba el orador pre autonómico, que entretuvo a la parroquia dedicando una ola a los «reverendos padres» y pidiendo calurosos aplausos para Jesucristo. «Oléis un poco mal, pero el olor a santidad os supera», decía. Después de varios éxitos musicales cristianos, meneos por allá, un sonoro «¡Viva Dios!» y las notas del clásico Qué alegría cuando me dijeron, vamos a la casa del Señor, Julián Barrio fue recibido con una gran ovación. En su homilía, el arzobispo le dijo a los jóvenes que la Iglesia espera de ellos que sean los santos del tercer milenio y que se les llama «a hacer surcos en la tierra de nuestra sociedad para sembrar a puñados la semilla del Evangelio, que es salvación, verdad, bondad y belleza».