Ortigados


COMO SI el veneno que inyectan las hierbas de Ortigueira crearan adicción, allá estamos un año más los cien mil de siempre, muchos jóvenes, otros no tanto, a empaparse de música, a verse, a conocer gente, a estar allí, frente al escenario, en las pelouses, en el pinar, en la carretera, en el pueblo. No hace falta, para ir, ser artista ni tocar la flauta en las aceras junto a un perro chihuahua con gran danés, aunque tampoco faltan. Pandillas de reclutas aunque ya no haya mili, bailones inagotables hipnotizados por la gaita, viejos roqueros, bellas y bellos, transeúntes procedentes de Pamplona con destino a la siguiente fiesta, jovencitos que experimentan, nuevos padres que se responsabilizan; escoceses de Escocia y de Almería, jamaicanos de Ourense, bongoseros que vencerían al conejito de Duracell, niños con la boca abierta, paisanos divertidos con el cambio. Ortigueira revienta con la invasión de la multitud alegre, alegres de más unos pocos; viejos señoríos que por fin catan plebe; también llegan los famosos y los próceres que andan en grupo, con el procerío local; furgonetas inconfundiblemente hippies, turismos juveniles de ir a toda tralla , algún coche de los que no se compran en España, mobiliario urbano del siglo XXII, todas las farolas que había en el catálogo, bares con los servicios cerrados para que las masas no hagan larga procesión, cientos de servidores del orden y la salud pública sudando a toda hora, música por los cuatro puntos cardinales, las cuatro estaciones del año desfilando en cuatro días. Y un experimento de ciudad del que aprender: cinco autobuses a cambio de cincuenta mil coches.

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