El don de Marlon


EL SECRETO de Brando residía en su capacidad para enseñarnos el lado oscuro que todos llevamos dentro. Su maestra en el Actor's Studio de Nueva York, Stella Adler, percibió cuando reclutó al joven Marlon que para aquel ser seductor y arrogante al que desde el principio consideró «el actor universal», no había nada humano que fuera extraño. Era esa sabiduría de la que el actor dispuso con una generosidad irritante la que conseguía atraparte, acongojarte, asustarte cuando su magnético rostro y su descomunal arquitectura aparecía en la pantalla para recordarte lo más turbio, complejo, extraño y peligroso de ti mismo.Sólo un ser con esa capacidad innata para resumirnos a todos los demás, con ese don para fastidiarnos con el hecho de que transitamos al borde del abismo, podía convertir al coronel Kurtz de Apocalipse now en el arquetipo del horror. Brando sólo necesitó arrastrar la mano por su hipnótica cabeza para representar la descomunal brutalidad para la que estamos genéticamente programados los seres humanos. Algo similar consiguió pocos años después con el manipulador protagonista de El último tango en París . El desgarrado personaje al que da vida este Brando crepuscular utiliza el sexo sin coartadas para demostrarnos que, nos pongamos como nos pongamos, estamos irremisiblemente solos. Convivir con el peso de esa profundidad acabó por destruir a Marlon Brando. El jueves se fue, convertido en un elefante. Su muerte zanjó una biografía trágica en la que se afanó por estar a la altura del «malditismo» y la rebeldía que, sin remedio, nos cautivó desde la pantalla.

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