Libros de ida y vuelta

BLANCA RIESTRA

SOCIEDAD

Los primeros libros que leemos nos condicionan para siempre. Son como el plan de obras sobre el que se edificará nuestra vida. En mi memoria está grabada la imagen de mi madre leyéndome El viaje de Till Eulespiegel a través de Suecia. Aunque mi primer libro leído materialmente fue algo más iconoclasta: representaba el cuerpo humano como un vivero de canales navegables. Pero lo que a mí me solazaba eran los capítulos consagrados a narrar con entusiasmo los martirios de Santa Lucía, de San Sebastián, de Santa Bárbara. Tras una larga temporada de aventuras de los cinco y del colega Guillermo, emergí a la luz del día en medio de la biblioteca de mi padre. ¿Qué leía mi padre por entonces? Historias de romanos con denarios y púrpura y esclavas frigias. Pero no sólo eso también a Ortega, a D'Ors, a Teilhard, a Bertrand Russell, a Juan XXIII. Y al querido Papini. ¡Ay Papini! Tenía yo un libro de Giovanni Papini, editado en Buenos Aires en los 50, con cubierta rústica: El diablo. Era amarillo y negro. Lo perdí una tarde compostelana, en la vieja facultad de Filología. Aún seguirá en el estante de alguna de las bancas, subrayado por un rotulador fluorescente. La cuestión es que llevo diez años buscando este libro. Hasta esta primavera. Tampoco en la feria del libro de Recoletos de este año lo tenían. Me ofrecieron Gog y el Libro Negro y Don Quijote. Pero ayer en www.iberlibro.com, me he dado de bruces, no con uno, sino hasta con diez ejemplares de diversas fechas de mi Diablo . Me los envían contra reembolso. Tiemblo.