IMAGÍNESE por un momento que es usted el jefazo de una editorial. El propietario de un negocio que, al margen de los beneficios comerciales que le rentúe, le proporciona una apreciable coartada social: es usted un editor, o una editora. Está usted en el mundo de la Cultura. Edita libros, y los libros molan mucho. Ahora imagínese en su despacho, rodeado de originales más o menos mediocres, alguno brillante y, de repente, alguien le ofrece los derechos del libro que lleva medio año de número uno en la lista de ventas. Un auténtico fenómeno editorial con más de seis millones de ejemplares vendidos. Y a usted le ofrecen los derechos para publicarlo en gallego. Y, además, la traducción se la paga la Xunta. ¿Qué responde usted a esa oferta? Desconozco si el caso se ha dado así, pero lo cierto es que El Código da Vinci se va a poner a la venta en gallego el día 17. De momento, la editorial ya ha colocado los 3.000 ejemplares de la primera edición, lo cual le proporciona fundadas esperanzas de tirar más. En esta operación comercial de Perogrullo hay un dato sonrojante: la editorial que edita el texto de Dan Brown no es gallega. Es catalana. Se podrá argumentar que eso no es hacer cultura, sino hacer negocio, que El código no es literatura sino sólo entretenimiento, que lo que hay que hacer es fomentar y descubrir el talento de los gallegos. Pero cualquier cosa que se diga no desenfocará ni un píxel de una realidad inmutable: el día 17, centenares de personas se sumergirán en la entretenidísima intriga de El código... Y lo harán en gallego. Algunos de ellos, por vez primera. Eso también es normalizar el idioma, una de esas características añadidas que tanto prestigio dan al noble oficio del editor.