Hombres objeto

SOCIEDAD

FRANCIA pasa por ser el país más permisivo en moral y costumbres publicitarias. El otro extremo de los pacatos norteamericanos, capaces de montar un Pezón-gate como el que abrasó a Janet Jackson y de prohibir la exhibición de un pecho desnudo en los anuncios, aunque éstos sean para promocionar la lactancia materna. Pero en Francia no. Allí tienen una relación con la imagen mucho más franca y la convicción, por ejemplo, de que ocultar los féretros de los soldados caídos no suspende el hecho de que estén muertos. Esa rapidez con la que la publicidad representa en Francia lo que está fuera de la pantalla del televisor se está dejando ver estos días con la programación del primer anuncio protagonizado por una pareja de homosexuales. El spot no utiliza la imagen de estas dos personas para vender al último Gaultier, lo que insistiría en algunos de los tópicos asociados al mundo gay. Los dos hombres promocionan un detergente para lavar camisas con la misma normalidad con la que aquella atribulada mujer constataba en un anuncio español la rabiosa persistencia de las manchas de las picotas, con las que sólo se atrevía el prodigioso jabón del anuncio. Pero las agencias de publicidad galas se han iniciado con un nuevo argumento más controvertido: el hombre objeto. En las marquesinas de París han empezado a aparecer hombres desnudos, en actitud sugerente y pasiva y en ocasiones con un punto humillante. Nada que no hayamos visto antes en campañas como aquella famosa del perfume Opium que protagonizó Sophie Dahl. Bienvenida está ampliación del catálogo de belleza.