27 abr 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

No es bueno enterarse de algunas cosas de golpe. Hay que digerirlas, con tiempo, para no quedarse tonto de baba. Me explico. Resulta que está resurgiendo un símbolo patrio. Potente. Arrollador. Así lo decía el otro día, cariacontecido, un presentador de informativos. Resucita un nexo común. Una señal que recorre la península. ¿Cuál es el estandarte? El toro. Sí. El toro. El de Osborne. El bicho negro que te mete miedo en las carreteras. El de enormes atributos e indeseable cornamenta. El de lidia. El pan de cada día de Jesulín. El de la fiesta nacional. Al parecer (y yo sin saberlo) el de los pitones está más de moda que nunca. En llaveros, camisetas, calzoncillos y braguitas. En la base española en Irak. En la de la Antártida... Vamos, un ciclón taurino e indómito azota con fuerza nuestra identidad cultural. O eso perjuraba el busto parlante. Y lo dicho. No es bueno enterarse de las cosas de golpe. Porque te asustas. Porque no has pisado un ruedo en tu vida. Porque te acuerdas de las películas de Landa. Porque empiezas a pensar en si habrá que meterse a banderillero para demostrar poderío. Porque te da la paranoia. Y la risa. Porque te imaginas frente a un toro y ves que no tenéis nada de qué hablar. Nada en común. Al final, piensas que se trató de un fallo de guión. O de una coña marinera. O de una pesadilla. Y te tranquilizas. Nada tengo, conste, contra el testicular animal. Pero es que lo de la España cañí huele a caduco. A mohín. Y a uno, que lleva muy mal lo de la simbología aglutinadora, ahora hasta lo pueden comparar con un astado. Y olé. Mucha mala leche. Eso es lo que hay.