HOY EN DÍA, la investigación genómica tiene una pegada mediática indiscutible. Cualquier descubrimiento que avanza en la concreción de las expectativas creadas por la biomedicina es recibido con algarabía y proyecciones de futuro cada vez más esperanzadoras. La diabetes, el alzhéimer o el párkinson parecen estar a tiro. El cáncer y las cardiopatías irán después. Al mismo tiempo y con una intensidad similar, la ciencia avanza en el conocimiento de nuestro cerebro. Miles de científicos chequean a diario ese órgano precioso y se sumergen en sus secretos. Las investigaciones que se publican cada semana revelan las múltiples y complejas capas del cerebro, aunque esas noticias las vemos muchas veces revestidas con el barniz de las anécdotas: la zona de nuestro cerebro que se activa ante la belleza, los recovecos neuronales que provocan que una canción se repita en nuestra mente una y otra vez... Y sin embargo, es muy posible que los descubrimientos más relevantes de los próximos años estén relacionados con esa máquina misteriosa, que cada vez es más máquina y menos misteriosa. El mexicano Ricardo Miledi, uno de los neurobiólogos más prestigiosos del mundo, cree que en el interior de la cebolla cuyas capas la ciencia va pelando lentamente encontraremos nuestra propia alma y, después, la idea de Dios. Porque a lo mejor, Dios no es nada más que una idea; una combinación de conexiones neuronales tan predecible como un ataque de gota; una fórmula tangible, una ecuación en una pizarra. Y si un científico puede probar eso, entonces sí que estaremos ante un descubrimiento trascendente.