EL ROMPEOLAS
19 abr 2004 . Actualizado a las 07:00 h.ACABO DE leer el periódico que cada vez está más excesivo y estupendo. Una historia surreal sobre la tumba de un geo profanada. Cierro las hojas cálidas que manchan. Fuera llueve. Este es uno de esos momentos en que echo de menos el fumar. Me gustaría encender un pitillo y aletear un poco mirando al techo de mi estudio. Profanaciones y geos y ministros. El periódico es como un vehículo de lujo de donde salen volando panfletillos de colores y confeti. Yo antes no creía que la prensa fuese la realidad, sólo una realidad paralela, porque lo que pasa no es lo que es, sino sólo un simulacro de aparente vida. Y es que los ministros no existen ni existen las mujeres ni los cantantes. Ni las tartas estadísticas. Yo nunca he visto ninguna por la calle. Hoy pienso que me parece indignante que Maradona tenga un infarto. No por el infarto sino por Maradona. Que nos devuelvan el dinero. No sé si me explico. Ya sé que el infarto corretea por las calles como un pitufo malicioso y el que más y el que menos estamos expuestos a su eventual visita. Pero, amigos, Maradona es como José Luís Perales o Marisa Naranjo: debiera ser inmune a la enfermedad, a la pobreza y a la muerte. ¿Cómo voy a escribir con tranquilidad si hasta el Pelusa, nuestro mundial 82 y el Naranjito, se nos ponen entre la vida y la muerte como un mortal cualquiera? Los símbolos no pueden morir, eso es alta traición y golpe bajo. Digo Diego. En Roma llueve y yo abro un paquete de galletas, escuchando al estupendo Celentano que hacía películas con monos y cantaba «Azurro, il pomeriggio è troppo azurro». Pero llueve.