Cupido con canas


EN LA GRAN Bretaña, tierra de fenómenos prodigiosos (Jack el Destripador, el Hombre que quería ser Támpax), un matrimonio maduro está a punto de romperse porque el marido, con ayuda de la farmacia, está reverdeciendo, y reverdece a todas horas, según la esposa molesta, que seguramente tiene otras cosas que hacer en vez de andarse con esas tonterías y esa gimnasia. Dicen los sensatos que para cada cosa hay su tiempo y que hay un tiempo para cada cosa. Pero viene la ciencia, inventa el Viagra y nos mete en escena este Cupido de otoño, revoltoso como el del mes de abril, con el carcaj lleno de flechas, poniendo patas arriba el calendario y la calma del hogar. Sabemos desde Margaret Mead que la mujer alcanza la cumbre de su contribución a la sociedad al abandonar la edad fértil, cuando los hijos están criados y en casa el amor es un miembro más de la familia que arrastra un poco las zapatillas. Este Cupido de sienes plateadas, cabalgando su nube de Sildenafil, viene con una revolución que pone en peligro instituciones básicas para esta sociedad, como son la abuela que se queda con los nietos el fin de semana y la partida de dominó o de tute con tertulia política de fondo. Los galanes reciclados se sacuden su misión senatorial en el consejo de ancianos -también llamado taberna-, en el casino, en la comunidad de vecinos, y se vuelven individualistas como adolescentes. A uno ya lo he oído yo cantando aquélla de Brassens: «Cuando seamos ancestros, / en el geriátrico puestos, / nada de Hijas de María, no. / Cambiadnos las monjitas / por bellas señoritas / ¡y que fumen, por Dios!»

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Cupido con canas