EVA hará su primera comunión dentro de un mes y pico. El otro día invitó a su amiga Lucía y ésta le dijo que no acudiría porque ella no hace la comunión. Eva no lo entendió muy bien. Probablemente, Lucía tampoco lo entiende del todo. Pero ambas saben que se trata de una alteración de la normalidad aunque, afortunadamente, hoy el concepto de normalidad es bastante más amplio y menos excluyente. Hace ya bastantes años, un cura rural me confesaba su decepción porque la sociedad civil, a pesar de su creciente secularización, no hubiera sabido sustituir los ritos religiosos, crear su propio ceremonial. El párroco constataba que, las comuniones por ejemplo, tenían un pequeño componente religioso (el ceremonial) y una gran dimensión social. Y eso le molestaba, claro, porque muchas veces se sentía sólo parte del atrezzo de un rito para celebrar que los niños empiezan a hacer gala de su uso de razón. Algo parecido ocurre cuando uno asiste a un entierro no religioso, donde las pautas de conducta están por determinar y al final casi todo el mundo anda algo despistado sobre qué hacer o cómo comportarse, al margen de mostrar su cariño y apoyo a quienes sufren la pérdida. Desde la noche de los tiempos, los grandes ceremoniales que marcan las etapas de nuestra vida han estado controlados por alguna forma de religión de tal manera que, fuera de esos ritos, nuestra moderna sociedad civil se queda algo descolocada cuando prescinde de la vía tradicional. Pero lo realmente extraño es que la industria todavía no se haya dado cuenta de esta carencia y deje escapar a quienes no quieren una comunión pero podrían pagarla.