18 feb 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

SI YO LE pudiera contar hoy a mi abuelo que una mujer lesbiana ha obtenido el derecho a compartir la custodia de dos niñas que había tenido su pareja mediante inseminación artificial, tal vez no me creería. Tampoco lo haría si le explicara que ahora mismo hay dos camioncitos recorriendo la superficie de Marte y enviando fotografías con todo tipo de detalles. O que la semana pasada, unos científicos coreanos presentaron 30 embriones clonados de unas señoras sin que interviniera espermatozoide alguno. Y que con esa técnica, dentro de unos años, a él podrían haberle curado el alzheimer que le arrebató sus últimos años. Sin duda vivimos una época fascinante; hemos abierto una autopista hacia el futuro por la que viajamos a todo trapo; arrasando lo que pillamos, eso sí, pero a toda mecha, alargando el horizonte de nuestra evolución y provocando cambios constantes a los que intentamos adaptarnos. Los de mi generación, que fuimos nietos y somos padres, estamos empezando a pilotar esos cambios y asentando un modelo de sociedad nuevo en el que el esquema de familia ha dejado de ser uno para convertirse en muchos. Somos más libres en nuestras relaciones de pareja y ejercemos esa libertad. Siempre buscando felicidad o sólo paz. En ese contexto, cumplir diez años de matrimonio, o de cualquier otra fórmula legal o ilegal de vida en pareja, empieza a ser una rareza, casi un anacronismo. Sin embargo, yo, que los cumplo hoy, no puedo dejar de pensar que mi única vía para acercarme a la felicidad es ella. Y que sin ella, perdería toda esperanza. Ella se llama Mar y, por lo que a mí respecta, es el final de la evolución de todas las cosas.