21 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

A LAS maltratadas se las conoce por la cara. ¿A que no lo sabían? Pues lo ha dicho un juez. Si una nace con rostro de apaleada y después resulta que, en efecto, la apalean puede esperar que un señor magistrado la crea y actúe en consecuencia. Pero Latifa Daghdagh no tiene ese tipo de rostros. Y eso la convierte en carne de puñetazo. Según el señor juez este, -quédense con el nombre: Francisco Javier Paulí Collado y con el lugar en el que imparte justicia: Barcelona- Latifa mintió cuando denunció al animal que su pareja llevaba dentro. Mintió porque durante la vista oral no presentó ni uno solo de los síntomas que al parecer están asociados al «síndrome de la mujer maltratada». Es ésta una enfermedad incompatible con una serie de cosas que a partir de ahora toda mujer precavida ha de tener en cuenta: cambiarse de vestido a diario; llevar anillos, pulseras y «curiosos» pendientes -vulgo piercing minúsculo en la nariz-; taparse los ojos con gafas de gran tamaño; mantener los brazos pegados al cuerpo, sin hacer aspavientos, si tienes que recurrir a un juez para hablarle de esos viajes que te propina tu santo y que te dejan los ojos cual morcillas y, sobre todo, y esto quizás es lo más importante, tener iniciativa y ser un pelín -con sólo un pelín basta- resuelta. Latifa resumía en su persona toda esta lista interminable de horrorosos hándicaps que, sumados, deben de ejercer un efecto paralizante sobre las extremidades de quien tiene el pronto de soltar una coz. Que Latifa sea inmigrante sin papeles -sus padres la vendieron en matrimonio a los 17 años- no tuvo nada que ver en sentencia tan razonable. Seguro.