Desconcierto y opiniones encontradas acompañaron al estreno de la tarjeta sanitaria en las farmacias, una medida que no todo el mundo sabe muy bien para qué sirve
15 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.«¿Que tengo que enseñar la tarjeta, pues la enseño, pero.... para qué sirve?». Fue una de las preguntas del día en las mil y una farmacias que, desde ayer, están obligadas a solicitar al cliente que presente su documento sanitario para llevarse los medicamentos recetados. Que conste que todo apunta a que con más indiferencia que curiosidad se estrenó la nueva norma de identificación en la botica. Y con mucha flexibilidad. Desde el propio Sergas reconocían que, al menos en los primeros días, «se tolerarán olvidos». Aunque incluso sobre la memoria del mercado no hubo consenso. Para el Colegio de Farmacéuticos de A Coruña -todos los despachos exhibían ayer butanosos carteles anunciando la nueva regla, imposible no verlos- «la gente está muy bien informada», subrayó Teodomiro Hidalgo, vocal de la entidad. Por contra, desde la entidad pontevedresa, el presidente, Luis Amaro, mantenía que «aún no se ha adquirido el hábito». Clientes De una u otra forma, a pie de calle, lo que sí está arraigado más que adquirido es el sentido práctico. Algo tan del gallego. A uno y otro lado del mostrador. La fidelidad a la farmacia de la esquina facilitó mucho el trabajo. No en vano sigue vigente aquello de l os clientes de toda la vida . De ellos, explicaba una auxiliar de botica, «una que ya tenemos los datos y otra que los conocemos, no necesitamos ver la tarjeta». El que compraba, con más prisa que menos, reducía aún más el trámite con medio cuerpo fuera ya del despacho porque «ya me tienes en el ordenador y desde hace años», se justificaba. ¿Novedad? «Llevo 38 años despachando y esto es una patochada más», opinaba Dolores visiblemente enfadada por una medida que «en esta farmacia -casi gruñendo- se hace desde siempre, siempre comprobamos los datos; no hay nada nuevo y además, no sirve para controlar ni gasto ni nada, eso es cosa de los médicos». Porque he ahí la cuestión. Resulta que el objeto de identificarse ante el boticario es, según Sanidade, no sólo garantizar que los fármacos van a parar a quien le han sido prescritos (o a un familiar, que puede adquirirlos presentando la tarjeta del paciente), sino «racionalizar el consumo». Lo dijo ayer mismo el conselleiro, Hernández Cochón, quien también apuntó que, de esta manera, será imposible que sean utilizados talonarios de recetas robados. ¿Tanto lío por los amigos de lo ajeno? Pues tampoco sobre esto hay unanimidad. «Nosotros -explicó Amaro- estamos obligados a comprobar que los datos de la tarjeta se corresponden con los de la receta, es decir, que si es de pensionista, el paciente realmente lo sea». «No es una medida antifraude», disintió el vocal coruñés, quien ve futuro a la medida a medio plazo: «En un segundo paso, con el avance de las tecnologías, llegará un momento que tanto nosotros como el médico podamos contar con un historial farmacoterapéutico completo del enfermo», indicó. Parece ser que, como casi siempre, cada uno tiene su razón y el meollo está ahí. Hasta ahora, la administración tenía por las farmacias -obligadas a remitir sus facturaciones- los datos del médico y el medicamento, pero no siempre el del paciente y no siempre todos completos. Código de identificación El código de identificación personal, una clave alfanumérica que aparece en la tarjeta, no siempre figura, sobre todo cuando las recetas se hacen de forma manual, esa técnica a extinguir de la mano de las bacaladeras que ya rechinan en la mayoría de las consultas. La información, ya se sabe, es una herramienta de gestión y poder procesarla mediante aplicaciones informáticas permitirá no sólo realizar estudios de consumo, sino planificar y mejorar la asignación de recursos. Pero eso al que le dolía la cabeza, ayer, no le importaba. Y menos al que, entre tanto aire de modernización, se esperaba encontrar un lector al modo de los bancos que recogiese, automáticamente, quién da qué a quién y, por supuesto, factura. No fue así y planchado, y plástico en mano, se quedó el cliente que, totalmente convencido, espetó: «¿Dónde está el cajero?».