ANTEAYER volvimos a conocer un informe de esos que no nos provocan ni frío ni calor; de esos que casi ni miramos porque es que ya no nos asustamos de nada. Decía el estudio que, de mantener el actual ritmo de emisión de gases y explotación de los recursos del planeta, a la vuelta de cincuenta años se habrán extinguido sin remedio un millón de especies animales y vegetales. Es decir que, con un poco de suerte, incluso viviremos para verlo. Un periódico tan serio como The Independent , aseguraba ayer en su editorial que la catástrofe que se avecina sólo tiene parangón con la desaparición de los dinosaurios. Lo dicho, ni frío ni calor. Al fin y al cabo, a día de hoy podemos escuchar como hace treinta o cuarenta años convivían con nuestros padres y abuelos especies que ya han desaparecido para siempre de nuestro entorno. Si los escuchamos, conoceremos de aves, anfibios, helechos, incluso mamíferos que hoy ya son historia o, en el mejor de los casos, están escribiendo su último capítulo. ¿Por qué habría de preocuparnos por tanto que desaparezcan unas cuantas más? ¿Qué nos importa la rana orejuda del Amazonas o la avutarda colirroja de Tasmania? ¿Qué significa el abedul enano frente a la posibilidad de subir o bajar cómodamente un par de grados la climatización de nuestro hogar con un mando a distancia? A nosotros, a Bush, a Putin, a Aznar, a usted o a mí, la única especie cuya extinción de verdad nos preocupa es justamente la nuestra. Pero bueno. Todo llegará. De lo que no cabe duda es de que vamos por el camino más adecuado para conseguirlo.