MELCHOR se levantó con el inevitable dolor de espalda que le llevaba martirizando los últimos siglos. Aquella noche pudieron más las molestias lumbares que la pastilla para dormir. Arrastrando las pantunflas se calentó un café con leche que acompañó con un analgésico y, ante la soledad de aquella fría madrugada, decidió comenzar el trabajo aunque el calendario marcara que todavía era 12 de diciembre. Entró en su enorme despacho y abrió una de las sacas que ya esperaban su atención desde unos días atrás. Cogió una carta al azar y leyó: «Quiero el Massive Killing II en versión PC. El del año pasado era una mariconada. Si lo puede traer Papá Noel, mejor, que luego no tengo tiempo para jugar». Melchor frunció el ceño. Vaya individuo, pensó. Ni Queridos Reyes Magos, ni gaitas. Estuvo tentado de tirar la carta al fuego, pero finalmente le puso el sello de Revisar y la colocó aparte. La siguiente que abrió no mejoró su estado de ánimo: «Ya sé que no existís, pero sóis mi último recurso. No puedo seguir así, la vida es horrible. Tengo que operarme el pecho. Sólo cuesta dos mil euros y prometo portarme súper súper bien». Tuvo que leerla tres veces para dar crédito. Revisar . Cuando abrió la tercera, la espalda ya le tenía frito: «Este año, mandadme directamente el dinero. Prefiero organizarme yo, que vosotros sóis un poco cursis». Ya no pudo más. Melchor abrió la caja fuerte y se enfrentó a lo que nunca creyó que haría. Allí estaban los papeles. Miró de nuevo hacia las sacas de correo y se sintió más fuerte en su decisión. «A tomar por biiiiiiip», murmuró. Y se puso a cubrir los impresos de la jubilación.