SE TE sienta al lado. Casi ni te enteras. Te echa la mano por el hombro, como una amiga, y te intenta robar. Poco a poco. Igual que una ladrona de novela y guante blanco, no deja huellas. Difícil cogerla a tiempo. Así es la prisa. Otra epidemia. Es como la grasa. La hay buena (la que te obliga a correr para coger el autobús) y la hay nefasta. Esa que empieza a jugar contigo de niño para que desees crecer rápido. Es la primera mentira que te cuenta. Luego, si le dejas, te irá seduciendo para pedirte más y más cosas. Y si eres bobo intentarás dárselas. Casi seguro que te regalará un billete para su montaña rusa. Prisas en el trabajo. Prisas con la familia. Prisas en la calle. Bocinazos de crispación y prisas en los semáforos. Prisas en las colas de los cines. Prisas para dormir rápido y, así, pensar que al día siguiente te levantarás sin prisas. Prisas en los sueños. Prisas en la vida. Hasta que una mañana te das cuenta de que eres prisionero de tus prisas. Que estás todo el día acelerado, con el corazón en un puño, hecho un cogollo de nervios. Y que te sirve de poco, porque todo es una trampa, porque cada vez tienes menos tiempo para nada y, a lo peor, para nadie. Creo que la prisa es una consejera mentirosa. Y lo hace a mala leche, para llevarte derechito al infarto. Para que pases por la vida sin enterarte. Y a todas las campañas de prevención del mundo yo le sumaría otra contra la prisa. Una campaña impactante y dura. Porque la prisa también perjudica gravemente su salud y la de los que están a su alrededor. No sé si provoca el envejecimiento de la piel, pero si manda, si domina, puede matar. Y sería triste morirse de pura prisa. O tener prisa por morirse.