HAY MUCHA ira en mi interior, les confieso. Son muchas las cosas que me sacan de quicio. Las chicas que bailan en Crónicas Marcianas, por ejemplo. Están muy bien, no crean, pero parecen esos ositos que caminan cuando les aplaudes. Ellas se menean en cuanto suena el primer do-re-mi , aunque sea el del tono de llamada de un móvil. Y qué me dicen de esos tipos que llevan por sistema las luces antiniebla en el coche. Haya o no haya niebla. Cada vez que me deslumbran desatan la peor de mis iras y acostumbro a devolverles la afrenta con una buena ráfaga de luces largas. Tampoco soporto a Barbara Streisand. Y mucho menos que ella se empeñe en escribir su nombre como Barbra , tal y como lo pronunciaría Enrique Iglesias. Eso ya es lo último. ¿Y los restaurantes vegetarianos? Esos en los que sirven hamburguesas de soja, filetes de espinacas o solomillos de altramuces. Si no les gusta comer carne por qué les ponen nombres que recuerdan a pura vaca. Yo soy de los que jamás le hago ascos a un buen chuletón o a un cocido de los que quitan el hipo. Y si es de Lalín, mucho mejor. ¿Y las comunidades de vecinos? Sólo sirven para empapelar el portal con sus absurdas normas. En la casa de un amigo, el reglamento especifica, literalmente, que «está prohibido tirar objetos al patio, como gambas etcétera». No me imagino a un tipo escribiendo semejante chorrada. Tampoco trago a los comentaristas del mundo rosa. Es desesperante verles discutir sobre el color de los calzoncillos del padre de Jesulín de Ubrique. Dirán que soy un cascarrabias, pero prueben a hacer una lista con las cosas que más detestan. La ira prenderá en su interior.