TRAS unos días de serias reflexiones decidió que ya estaba bien. Cambiaría. «No se puede seguir así», se dijo. Adiós a las grasas polinsaturadas, a la bollería industrial, a las fritangas y a la comida de microondas. Su salud era muy importante como para estar jugando con ella sólo por la desidia de comer fácil y rápido. Cogió el carrito de la compra y una buena provisión de euros y se fue al mercado. Cuando volvió se encerró en la cocina y luego se puso la mesa para darse un festín de comida sana. Primero se comió una ensalada con lechuga impregnada de lluvia ácida con tomates y cebollas afectados por los pesticidas usados masivamente en las huertas del país. La verdad es que le notó un sabor rarillo, pero imbuido como estaba en su nueva vida, no hizo caso. Luego se tomó una sopa de pollo, convenientemente alimentado con pequeñas dosis de nitrofuranos para acelerar su crecimiento, aunque sus papilas gustativas no pudieron apreciar ese matiz, enmascarado en el cloro del agua con la que hizo la sopa. Para acabar el festín desechó los filetes de ternera gallega engordada con clembuterol y antibióticos varios y se comió una generosa ración de pez espada al horno, con el indestructible mercurio que el pez había ingerido en su contaminado hábitat. Y, de postre, más salud: una manzana sin pelar embadurnada de barniz químico para que brille como una estrella bajo los fluorescentes del supermercado. Cuando acabó, eructó satisfecho. Y los vahos de su regurgitación se elevaron invisibles hasta matar a un mosquito que pasaba por allí y que no pudo aguantar tanto veneno.