EN una poco poblada sala de espera del aeropuerto de Bangkok, un hombre calvo y rechoncho espera un vuelo. Frente a él, otro hombre de edad indefinida lo mira a hurtadillas detrás de un periódico escrito en inglés. Se diría que sólo el primero es consciente de la existencia del segundo, pero es evidente que su presencia le inquieta. No esperaba verle allí. No hasta dentro de unos meses. Finalmente, el hombre calvo cruza el exiguo pasillo y se sienta junto a su antagonista que, descubierto, pliega cuidadosamente el tabloide. -¿Qué haces tu aquí? -Pregunta el primero. -Lo siento, pero he venido para matarte. -Tú no puedes hacer eso. -Ya lo creo que puedo. Y lo haré. Debo matarte antes de que tú me mates a mí. -Es absurdo. Tú eres inmortal. Nadie puede hacerte desaparecer. Carvalho sonrió con tristeza y miró a los ojos a su oponente: -No Manolo, el inmortal eres tú. Pronto te darás cuenta. El hombre calvo lo entendió todo y se preparó para satisfacer su curiosidad sobre la última experiencia que esta vez no podría contar. Y aquel gran corazón que tejía poesías de amor cuando su hiperactivo cerebro le daba un respiro se empezó a resquebrajar de nuevo, pero esta vez masivamente. Henchido de tanto vivir, de tanta sinceridad, de tanto compromiso, estalló como un cohete de feria. Ni siquiera le dio tiempo a ver a las asistencias, sólo un segundo para oler más que ver fugazmente a Biscuter, guisando medio conejo con setas y pasas y escuchar, muy a lo lejos, una copla de doña Concha Piquer.