ENTRE TINIEBLAS

18 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

El espejo es una trampa. Un enemigo infatigable que devuelve siempre la misma imagen. Desde hace meses refleja un cuerpo que se odia a sí mismo y que encierra un alma atormentada. La báscula es un testigo falso que ha decidido escaparse de las reglas de la lógica para mentir: 48 kilos, 46, 42... Qué más da. Cada retroceso de la aguja es una mentira más. La báscula no entiende de sentimientos y marca inexorablemente el descenso a los infiernos. Ella es sólo su piel, un mapa en relieve de su esqueleto. Pero se sigue viendo gorda. Como el primer día en que se odió frente a su reflejo y se comparó al estereotipo. Allí empezó todo. Las vueltas del tenedor en un plato con media ración que nunca quiere comer. Los vómitos en silencio en el retrete atrancado a cal y canto. Los desencuentros con mamá que no la entiende y no sabe qué hacer. El aislamiento del mundo y la dedicación exclusiva a la obsesión. Ahora en su rostro los pómulos son dos torres gemelas que casi puede ver desde sus ojos hundidos. Los mismos ojos que examinan con el máximo interés el contenido energético de un chicle sin azúcar, calculando cuántas calorías le va a aportar; calculando si será necesario vomitar de nuevo para seguir cayendo. Nadie la entiende. Nadie es capaz de ver lo mismo que ella en el espejo. Nadie hace el esfuerzo de comprender. Y ella ya no sabe quién quiere ser ni a quién quiere parecerse. Pero cada día se gusta menos y el tobogán por el que se desliza es cada vez más pronunciado. Ya casi ni se acuerda de cuando se vio gorda por primera vez. Cada día, decenas de miles de jóvenes se asoman al espejo. El 43% se ven gordas. Están pidiendo ayuda a gritos.