BISBARRA RAMÓN PERNAS
07 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.LLEGÓ LA brisa barriendo suavemente lo que quedaba del verano, de este verano empapado en sudor por los cuatro costados de la geografía hispana. Llegó la brisa con septiembre, al trote, galopando el aire. Es una brisa postraumática, de operación retorno, madrugadora y mañanera, un no sé qué balsámica en sus mensajes que todavía el otoño que viene no se ha ocupado de descodificar. Yo me la he encontrado danzando, jugando a hacer un ballet de vientos apacibles alrededor de una farola en la plazoleta vecina a mi casa. Este agosto de todas nuestras lejanas memorias, la he echado de menos. No acudía al malecón como había hecho siempre, no paseaba junto a mí en las mañanas de galbana cuando la humedad comenzaba a instalarse en las axilas camuflada de sudores. Ni siquiera me acompañaba en la terraza cuando con un cubalibre decidía inaugurar la noche. Este agosto tuve una insólita orfandad de brisa, pero ya la he recuperado, vuelve tan juguetona como arrepentida por haberme dejado solo y desasistido. Aquella brisa era parte insustituible del paisaje de todos mis veranos, subíamos juntos las cuestas de la vieja ciudad, nos encontrábamos cada día al comienzo del paseo marítimo, me obligaba como una madre de las de antes, a ponerme un jersey no bien anochecía. Pero este año faltó a la cita. Menos mal que me aguardaba con agosto concluido en ese lugar en el que don Gonzalo Torrente, no ubicaba en parte alguna, porque la brisa se despliega con sus alas de viento por todos los territorios que el hombre habita. Ese lugar es sin duda, donde da la vuelta el aire. Escrito está y escrito queda.