«Afuranchado» en Marín

Rubén Ventureira

SOCIEDAD

RAMÓN LEIRO

«¿Me pone unos chorizos?», pregunta el periodista, que va de incógnito, cual crítico gastronómico. «Los chorizos no son de la casa», advierte la camarera. Más experiencias: Hasta el rabo todo es juerga La romería popular de Armancio Ortega Pocho firmó, pinchó y cobró Cuando éramos unos pijos O Barco de Noé no tiene sauna A 38 grados en Extrema-Rúa A pedradas con Tamara Todas las crónicas

13 ago 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

Ajeno a la conversación anterior, irrumpe minutos después el encargado de las mesas: «Aquí todo es de la casa», presume. «Los chorizos, no», puntualiza el cronista. «No, no, pero se lo dijeron, ¿no?», pregunta azorado el buen hombre. Que ya lo sé, amigo, no se tense usted, y traiga ya una de chorizos, que si no voy a acabar echando mano a los de la mesa de al lado, que vaya pinta que tienen. A rajatabla llevan el caserismo en este furancho. Una rama de laurel nos ha guiado hasta aquí. La rama, contraseña del buen comer, estaba colgada en un desvío de la carretera que va de Marín a Cangas. Significa que, valle abajo, hay abierto un furancho. Traducción al cristiano: casa particular en la que la enchenta barateira está garantizada. Los furanchos ni vienen reseñados en las guías ni hacen publicidad. Se llenan por el boca a oreja. La excusa para abrirlos es la colocación del vino joven (de la casa, precisemos). Hace doce años que se afuranchó Mari Nieves, que hoy está cocinando para los ocupantes de los once coches que han atravesado una pista de tierra para cenar, sin invitación, en su santa casa. Lo hizo para colocar su vino, que no tiene hueco en el mercado. Al principio ponía latas de sardina para acompañar los tragos. La bola creció hasta que éste y el resto de los furanchos se convirtieron en restaurantes encubiertos. Tras las protestas de los hosteleros se decidió que abonasen un canon económico en función del vino producido. Y, cuando éste se les acaba, tienen que cerrar. La camarera es de la familia. También el encargado de las mesas, y el resto de los que atienden. Aquí es casero hasta el personal, que ofrece bacalao, churrasco, pimientos de Padrón, chuleta y empanada. El vino lo sirven en un tazón gigante, como si fuese Cola-Cao. Cuatro mil litros, entre blanco y tinto, han dado este año los viñedos de Mari Nieves y familia, situados en el lugar de Allariz, parroquia de Santo Tomé. Vamos con el tinto. Muy espeso, apenas tiene alcohol. Baja la taza y el vino no sube (a la cabeza). El furancho, tan familiar, fomenta la charla entre mesas y así nos enteramos de que hay una Asociación para la Defensa de Marín (Ademar). ¿Acaso hay un invasor a sus puertas? No, se defiende de su vecina Pontevedra. Pese a la cercanía geográfica, los marinenses marcan distancias. Hicieron rectificar a la Xunta cuando los endosó en la misma comarca que a los pontevedreses: «Siempre fuimos de la comarca de O Morrazo y lo seguiremos siendo», protestaron. Y les hicieron caso. El puerto, puntero en tráfico de contenedores, tensa la cuerda de la rivalidad. No pudo ni podrá crecer hacia el sur de Marín porque en esa dirección lo tapona la Escuela Naval, de la que, me soplan, han retirado hace unos meses un busto de Franco (en su lugar han colocado un ancla). Así que medró en dirección a Pontevedra. Hace unos años, 4.000 marinenses se manifestaron para que la Autoridad Portuaria de Marín-Pontevedra llevase únicamente el nombre de su villa. Ahora se llama Autoridad Portuaria de Marín y (ojo al matiz) de la ría de Pontevedra. No obstante, Ademar se ve como ganadora de la batalla: «¿Has visto el cartel que hay a la entrada de la villa? ¿No? Pone Puerto de Marín. A secas», se jacta un pope de la asociación. No acaba ahí la polémica: una y otra discuten (y es la Xunta la que tiene que resolver la patata caliente) a quién pertenecen parte de los terrenos portuarios comidos al mar, que reivindican ambos bandos. Fuera de la discusión quedan los muchos metros que el puerto mordió al viejo Marín. Antaño, había playa en pleno centro, donde ahora se suceden las naves industriales. Hay que ir a buscar la arena (y merece la pena la excursión) a unos kilómetros, donde se suceden las playas de Portocelo, Mogor, Aguete y Loira. Llega la cuenta. Comen cuatro por 18 euros. ¿Quién da más? Por mí, me afurancho aquí hasta que acabe agosto.