DIAGONAL
27 jun 2003 . Actualizado a las 07:00 h.SE habla un poco y parece que se discute otro poco y hasta puede que haya un poco de debate sobre el valor curricular de la enseñanza y el estudio de la religión en los cursos de primaria y ESO. Más valdría discutir sobre esa extraña palabra: curricular. Suena a híbrido atroz, a puntiaguda combinación entre lo que pueda haber de trabajo en cualquier cosa que tenga que ver con el «curro» y lo que haya de carne y pimentón en el salchichón cular. Puestas así las cosas, puede parecer que se las toma uno a guasa. No es así. En absoluto. El primer objetivo y propósito de una enseñanza -sobre todo primaria- es conseguir una relación fluida, eficaz, bella y elegante, en la medida de lo posible, entre el estudiante y su idioma, la lengua en la que ha de expresarse y entender a sus semejantes. Francés e inglés Cuando un francés termina sus estudios en el Liceo, sabe francés. Otra cosa quizá no sepa, pero francés, desde luego. Lo mismo cabe decir del inglés cuando abandona la escuela. Puede que no sepa mucha aritmética, pero el inglés lo domina. Eso quiere decir que, en esas instancias, el francés y el inglés saben manifestar por escrito lo que piensan y lo que les pasa, con precisión y sin dar lugar a malentendidos ni a desconciertos. De los estudiantes españoles no se puede decir lo mismo. Tampoco de quienes ya no son estudiantes y pasan por profesionales de lo que sea, incluida la profesión de comunicador. Cuando un contertulio le reprocha a otro su tendencia a «reduccionalizar», o cuando un locutor de informativos nos dice que la bomba estaba «direccionada», entonces es que tenemos un grave problema sobre el que convendría «focalizar» la atención. Una atención que debería iniciarse con los primeros espasmos de la tensión curricular, es decir, desde el momento en que da comienzo el expediente del alumno y a fin de que no se sienta «curriculizado» en extremo. En cuanto a la enseñanza de la religión, propiamente dicha, los caminos del Señor son inextricables.