Una mujer saca de la calle a un matrimonio rumano de mendigos con un hijo recién nacido y los acoge en su casa
12 dic 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Mariana sostiene a su pequeño en el delgado andamiaje de su cuerpo. El sofá en que se sienta, la ropa que viste y la estufa que le da calor son objetos que ya no le son extraños. No hace ni una semana le parecían tan lejanos como una piedra lunar. Todo se lo debe a Adela, una burgalesa afincada en A Coruña desde hace 22 años y que protagoniza una historia de Navidad que, para contarla, no hay que robarle ni un pellizco a la imaginación. Esta mujer, con un corazón de grande como el sombrero de un picador, sacó de la calle a un matrimonio rumano y a su hijo recién nacido y les hizo un hueco en su casa. Hace seis meses, Adela conoció a Mariana en la puerta del súper de Os Mallos. La chica, de veinte años, vendía el periódico La calle . Mostraba su portada sobre el atril de un vientre de seis meses de embarazo que cubría con una falda acribillada de remiendos. A Adela se le partió el alma. No se lo pensó. Decidió sacar a esta mujer y a su marido del parque en el que pasaba las noches y los llevó a una pensión que ella misma pagó con sus ahorros. Quiso que un médico siguiera el embarazo y la ingresó en el Materno Infantil, donde estuvo tres días. Adela pidió ayuda a las amigas. «¿Qué os suponen a vosotras cinco euros?», les decía. Así hizo una hucha para ir tirando. También comenzó el papeleo para conseguirles la residencia y la Seguridad Social. Los meses pasaban y Mariana salió de cuentas. Le comenzaron las contracciones en la madrugada del pasado jueves. Por la mañana temprano, su marido la ayudó a subir al bus. A un bus equivocado que los llevó al barrio equivocado, al otro lado de la ciudad. Aparecieron en Adormideras, junto a la torre de Hércules, frente a un centro de salud. Un parto de diez minutos Una contracción dejó a Mariana fulminada en las escaleras de entrada. La subieron a una camilla y los médicos del ambulatorio _algunos nunca habían asistido a un parto_ apelaron a varias decenas de santos para que todo saliese bien, porque el centro de salud no dispone de utensilios para afrontar un alumbramiento complicado. Mientras una enfermera salía al pasillo para alentar la espera del papá, la mamá daba a luz en diez minutos a «un niño precioso y sano, de tres kilos y ochocientos gramos. Una bendición». Así fue el informe médico que parecía escrito en una postal de Navidad. Adela, nada más enterarse, se puso manos a la obra. Lo primero, convencer a su marido para acoger en su casa a los padres y al niño. No fue difícil. Y ahí están, Mariana, su esposo Costel y el pequeño, que le llamarán Miguel. No es un nombre como cualquiera de los muchos que los rumanos inventan a espaldas del santoral. Lo que hizo esta pareja agradecida fue darle al recién nacido el nombre del marido de Adela, a la que le iban a tomar prestado el nombre si fuese niña. Mariana tenía veinte años cuando llegó a España. Conoció a Costel en la ciudad rumana de Georgia. Él, sordomudo, ya tenía tres hijos de un anterior matrimonio. Sumó otros dos con su actual esposa. Cuando decidieron emigrar a Galicia, nada más quedarse ella embarazada de su tercer hijo, tuvieron que dejar a sus pequeños con su abuela. Una fórmula infalible para una buena recepción migratoria en España es llegar como turista, cosa que hicieron. Después de que el toro de la miseria los embistiese al principio, hoy ya tienen un piso en el que vivir. Cuando Mariana y su hijo no necesiten del cuidado y el mimo de su familia adoptiva, ocuparán un apartamento que les buscó Adela. Ahora sólo queda conseguir un trabajo para él «y todo lo que la gente les quiera ofrecer».