Desaparecen de forma misteriosa los cerebros en formol de los tres principales terroristas alemanes de la banda Baader-Meinhof
19 nov 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Andreas Baader, un carismático estudiante de Munich, era uno de los dirigentes de la banda Baader-Meinhof, el embrión del grupo terrorista más temido en la historia reciente de Alemania: la Fracción del Ejército Rojo (RAF). A su detención, producida en 1972, le sucedieron la de otros miembros de la organización, como Gudrum Ensslin y Jan-Carl Raspe. Todos ellos fueron encarcelados en prisiones de alta seguridad y, curiosamente, los tres fallecieron en sus celdas, entre 1976 y 1977, en circunstancias que todavía permanecen oscuras. Pero antes de ser enterrados, a todos se les extirpó el cerebro para que los científicos pudieran investigar si el comportamiento radical y violento de estos terroristas tenía o no una explicación neurológica. Los cerebros permanecieron depositados años en el hospital universitario de Tübingen, cerca de Stuttgart, donde fueron analizados por el neurólogo Juergen Peiffer. Pero ahora han desaparecido de allí como por arte de magia, sin que nadie pueda explicar adónde fueron a parar. La insólita información fue publicada por Der Spiegel , el semanario que también dio cuenta de el cerebro de otra de las dirigentes del RAF, Ulrike Meinhof, se conserva en un bote de formol en la universidad de Magdeburgo, en la antigua Alemania del Este. «Cuando tomé la dirección del instituto de Tübingen, en 1990, los cerebros no estaban allí, aunque había un informe en nuestros archivos», declaró Richard Meyermann. En su opinión, los órganos pudieron ser llevados fuera del hospital para ser quemados más tarde, ya que considera «poco probable» que hayan sido robados. Y si poco se sabe sobre el paradero de los que los cerebros más famosos de Alemania, poco más se conoce sobre el resultado de su investigación. Aun así, el profesor Bernhard Bogerts, que dedicó varios años de su vida a estudiar la masa encefálica de un condenado a muerte que asesinó a toda su familia en 1913, afirmó que en el caso de Ulrike Meinhof se descubrieron «modificaciones cerebrales patológicas» que podrían explicar el destino de esta activista. Claro que a la hija de Meinhof, Bettine Röhl, semejantes revelaciones no hicieron sino ponerle los pelos de punta. Y de inmediato cursó una solicitud al Gobierno para recuperar el cerebro y darle «verdadera sepultura».