El parque de Castrelos, inglés y francés, presume de ser el más guay del Paraguay de Galicia. En su corazón está el Pazo de Quiñones de León y la mejor pinacoteca gallega del mundo. Pero ahí acaba todo. No se puede decir más porque no dio tiempo a verlo. Ayer, en homenaje a los clientes del Diego y en desagravio a los bares de Churruca y el Arenal, la visita por Vigo transcurrió despacio. Empezó en el Calvario y acabó en Bouzas con cuatro ancianas rubias adelantando al taxi en un 600 amarillo. Hasta entonces parecía que los vigueses eran políticamente pasotas y que, habiéndose criado en un «crisol de culturas», como definen los libros el cosmopolitismo de la ciudad, preferían fabular, planear películas, organizar expediciones en busca de calamares gigantes, tesoros de Rande, montar bares, sirenos, hacer huelgas o, abreviando, ir por libre y se acabó. Pero el taxista largó la frase definitiva: «Esto (señoras adelantando) en Suiza no pasa, las meten en la cárcel, porque es un peligro para todos, con ese coche no se puede ir por ahí, pero aquí gobierna quien gobierna y ya sabemos». Sabrá usted, era para decirle, que se saltó dos semáforos a la caza del 600 y la perdida virilidad. Así concluía la apuesta del día. Había dos opciones: visitar Castrelos o navegar. Ganó la segunda por goleada (3-1 al Paris St. Germain), por pasión marinera y porque la invitación se gestó en la taberna de Eligio, que además de tener buenos vinos, unos lavabos de película, rastros de Hemingway y Valle-Inclán, y ochenta años de historia, cuelga en sus muros de piedra una colección de pintura que Castrelos bien puede esperar. Ya se habían repasado las ventanas de Camoes, la calle Real, el Olivo, los taberneros alimentando a las viejitas del barrio antiguo, la taberna de Manolo en el Berbés, Vigo original, serrín y Fundador, el cruce de los cuatro bancos y, de nuevo, la sombra del pino en el alto do Castro. Era la hora de abrir Vigo al mar o, mejor, percatarse de que físicamente sigue estando de espaldas. O se sube a un mirador o se lee una cantiga. No hay otra manera. Ni siquiera está Juan Naveira, que tardaba día y medio en llegar a Cíes y, de vuelta, mandaba aviso, «¡que voy!»; entonces seis amigos corrían a frenarlo para que no se empotrara contra el pantalán. Le gustaba entrar a vela. La lancha de Carlos va a motor. No tiene peligro. Llega a Cangas y el patrón recuerda su niñez en los aledaños de un colegio de monjas. «No ligábamos nada, se las llevaba todas Julio Iglesias, que vivía aquí, su padre era médico». Y de vuelta, Rande. Y Méndez Ferrín: «O único resgate sistemático e real de ouro da frota española é o que fai o capitán Nemo nas páxinas de 20.000 leguas baixo os mares. O resto é mito, estereotipo cultural e picaresca da fina. Emporiso persistimos en reclamar que a ponte de Rande sexa chamada algún día, en memoria de Xulio Verne, que se lembrou de nós, ponte do Capitán Nemo».