Ambición rubia versus Arteixo

Juan Fariña ARTEIXO

SOCIEDAD

La cantante de Os Maios, recién casada, atrajo a más clientes de las revistas del corazón que aficionados a la música

27 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

«Seica é da Coruña». «Bueno, é daquí máis é de fóra». En su primer contacto hablado con el público de Arteixo, Marta Sánchez se encargó de confirmar ese diálogo entre dos espectadoras. «¡Estoy muy contenta de estar en miña terra!». Bilingüismo puro y duro. Pero el periodista atento podía extraer todavías más datos biográficos de esta coruñesa universal. «A miña Patricia viu un día a irmá gemela dela nunha discoteca de Santa Cristina e seica era moi pequeniña». «Muller, a Marta esta tamén é un tapón, o que pasa e que no escenario parece grande». O sea, que esa rubia imponente que estábamos viendo no lo era tanto en realidad. Ya me parecía. Todos esos tíos supercachas y guapos de la tele son, en realidad, unos esmirriados. Se lo tengo que decir a mi novia. Pero volvamos a Marta. El interés de su actuación en Arteixo el pasado viernes no era, ni de lejos, estrictamente musical. La gran pregunta era: ¿está aquí su recién y flamante marido? No sé si lo saben (tendrían que estar incomunicados del mundo para no haberse enterado), pero se casó con el publicista Jesús Cabanas el pasado 20 de julio. Por lo tanto, una de las misiones del público arteixán era localizarlo. «É aquel de camisa blanca que está subido na mesa de sonido», (es que en las fotos de Semana Cabanas iba todo de blanco). «Deso nada, que entrou con ela nun coche negro hasta detrás do palco». Con el sari Cerremos el tema boda. Pasemos al tema vestuario. Marta apareció ataviada con una especie de capa azul sobre un ajustado vestido negro en su salida al escenario (colocado, por cierto, cuesta arriba, lo que provocaba que se escuchasen teorías del tipo «vese máis atrás que adiante»). Pero a la segunda canción, esta ambición rubia (permítanme bautizarla con el apodo de Madonna) ya se había embutido en un sari indio. ¿Por qué un sari? Porque resulta que tiene una canción en donde suena algo parecido a un sitar (ya saben, ese intrumento de la tierra de Gandhi). Con dos bailarinas miméticas a sus espaldas (se cambiaban los vestidos en coordinación con su jefa), Marta tenía una escenografía (bueno, no exageremos, unos trapitos y unos bailecitos) preparada para cada canción. Arxeito o Arteixo Pero a pesar de los contoneos y algunos esfuerzos de comunicación (especialmente cuando saludó a la parroquia con un entusiasta «Os quiero Arxeito... oh... Arteixo», antes de encarar su megahit Desesperada ) la respuesta del público no se podría calificar de entusiasta: tras cada tema aplaudía alrededor del 10% de los seis o siete mil espectadores que podía haber congregados frente al escenario principal. Es lo malo de los conciertos gratis total: que hay gente que sólo acude porque sales en la tele y en las revistas. Para que te vayan los fieles, tienes que cobrar entrada Marta. La verbena, como la fama, cuesta.