Así hay que ir por el mundo, con chulería. No es normal que los jockeys sean negros, ni tampoco que utilicen sombreros como el de ERic Williams. Pero a este jinete le da igual. Es su novena participación en el derby de Kentucky, una de las carreras de caballos más famosas del mundo y lo va a intentar de nuevo. Así que ahí le tienen, tirando de un mint julep (bourbon con menta machacada) a la espera de dar la sorpresa y obligar al rancio sur estadounidense a rendirle honores. A él y a su extravagante sombrero.
UNA PISTOLA EN EL RETRETE. En estos tiempos de acoso ultraderechista, no me extraña que Grietje Bettin, diputada alemana de Los Verdes, se llevara un susto morrocotudo cuando entró en el retrete y se encontró una pistola. Ocurrió en pleno congreso de su partido. La diputada se tomó un receso para aliviarse y, cuando vio la pistola, se le quitaron las ganas. Afortunadamente, todo se resolvió en poco tiempo. El arma pertenecía a una de las policías que cuidaban de la seguridad en el congreso que, al salir del retrete, se olvidó de recoger la pistola. Un despiste.
EL BILLETE FALSO. Mucha más atención en su trabajo puso un niño de 13 años en Pensacola, Estados Unidos, que dedicó mucho tiempo a falsificar un billete de dólar. El chaval, usando un escáner, un programa de tratamiento de imagen y una impresora de color, todo ello propiedad del colegio, consiguió un convincente billete que utilizó para comprar dos refrescos en una fiesta benéfica del propio colegio. En el fragor de la fiesta, el billete coló. Sin embargo, a la hora del recuento, alguien se percató que aquel dólar no era tal. Y dado que el falsificador, embebido de su éxito, había comentado la jugada con unos cuantos compañeros, localizarlo no resultó tarea difícil. Lo malo es que fue detenido por la policía y la broma le va a costar rendir cuentas con la justicia.
CINTURONES DE CASTIDAD. ¿Les parece a ustedes posible que en el siglo XXI haya alguna empresa que se dedique a fabricar cinturones de castidad como los de la Edad Media? Pues sí, la hay. Está en Gubbio, en el centro de Italia, y la dirige un señor que se llama Giuseppe Acacia. La gracia del asunto es que el señor Acacia cada vez vende más. Entre ochocientas y mil unidades al año. Y, como se trata de un negocio que prácticamente es un monopolio, porque nadie se dedica a esto, pues recibe encargos de todo el mundo; desde Nueva York a Pekín. Si les interesa, la pieza sale a 113 euros y está forjado en hierro. Algo incómodo, sí, pero bastante fiable. Y, desde luego lo hay en versión femenina (del tipo que instalaban los cruzados en lo que consideraban sus posesiones) y masculina (diseñados para que los monjes de la época no se dejaran vencer por la tentación).
HOPKINS SE DIVORCIA. Tal vez Jennifer Lynton se cansó de escuchar aquello de «me comería tu hígado acompañado de un buen Chianti» o tal vez fue cualquier otra cosa, pero el caso es que Anthony Hopkins, el inolvidable psicópata de El silencio de los corderos, y su mujer han decidido divorciarse. Bueno, en realidad ya hacía un par de años que vivían distanciados. El actor prefirió el estilo de vida made in Hollywood, mientras que su mujer, Jennifer, se quedó en un plano más discreto, en su residencia de Londres.