Una postura optimista

La Voz

SOCIEDAD

El jefe de la base española en la Antártida, José Ignacio Díaz, se muestra cauto ante los datos de reducción de la capa helada: «Las conclusiones sólo son válidas en el área en la que se llevan a cabo y no extrapolables a zonas en las que, por ejemplo, se ha visto el crecimiento de otros glaciares». ¿Pero se trata de algo preocupante? «Opino que no. Los avances y retrocesos se han dado a lo largo de la historia geológica del planeta, y con cierta frecuencia en la historia reciente, los dos últimos millones de años». Las palabras de Díaz, recibidas en cálidas contestaciones electrónicas nada consonantes con los 40 grados bajo cero que se pueden registrar en el invierno antártico, tranquilizan. Aun en el caso de que no esté en lo cierto y sí se trate de algo preocupante que añadir al agujero del ozono, ni los ojos de nuestra generación ni los de las cuatro o cinco siguientes notarán los efectos. Y es mejor que sea así porque la Antártida, además de un termómetro planetario, es un controlador del clima y un gran laboratorio universal en el que están alojados peritos climáticos, meteoritos, laboratorios de rayos cósmicos, lagos llenos de organismos desconocidos y placas de hielo de 34 millones de años.