Muxía baila hasta el alba

GABRIEL RIVERA Corresponsal MUXÍA

SOCIEDAD

Decenas de miles de personas disfrutaron de la fiesta en la localidad coruñesa antes de la romería de A Barca Los atávicos ritos y cultos religiosos de la Barca en Muxía dejaron paso el sábado por la noche a la entronización de la juerga y el desenfreno. Doce horas antes de que comenzase la misa solemne de esta celebración, que reunió junto al santuario a decenas de miles de personas, otros tantos se daban cita en el paseo central de la villa para ver el espectáculo pirotécnico que había diseñado la comisión. Los fuegos de colores fueron el bautismo para una noche más devota de Dionisio que de la Virxe da Barca.

10 sep 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

Las calles de Muxía fueron un hervidero de gente desde primera horas de la noche. A los numerosos jóvenes que habían hecho de los alrededores de Muxía un cámping gigante desde hace días, se les fueron uniendo los lugareños y los que llegaban en automóviles y autobuses desde los lugares más diversos de Galicia y de España. Cerca de las doce, hora en que se iniciaban los fuegos artificiales, sólo era posible aparcar a más de dos kilómetros de la fiesta. Así, los minutos previos a la explosión de la traca _trescientos metros de pólvora para marcar el inicio de la juerga_ se convirtieron en un rosario de romeros que llegaban hasta la villa da Barca. Allí sus calles eran pura diversión. Se improvisaban bebederos y comederos en bajos comerciales, en plena rúa y hasta las estructuras de las nuevas construcciones servían como sala de baile para guateques. Tras el bautismo de colores en el cielo y conforme la oscuridad devoraba los minutos y los cuerpos el alcohol, los asistentes se desplazaban hasta las calles traseras del pueblo. La de la Encarnación era un concierto de música callejera al son de gaitas, tambores y charangas improvisadas. La gente bailaba muñeiras a la luz de la luna y al oído de tan galaicos tañires. Brazos y rodillas al cielo. Quinta esencia de la romería gallega. Restos de la curda Cuando la noche declinaba, los restos de la curda se hacían patentes: papeles por el suelo, cristales en añicos y encrucijadas, como la de la rúa Poniente, que eran un mar de orín que hacían de Muxía Venecia, aunque menos admirada. Pero, el santuario de la Virxe da Barca también tuvo su protagonismo en la noche más larga en Muxía. No fueron pocos los que aprovechando la oscuridad se llegaron hasta el templo. Allí, buceaba la gente en la Pedra dos Cadrís en un ambiente lúgubre logrado por la intensa niebla, sólo vencida por la luz del templo y los faros de Cabo Vilán y Cabo Touriñán, frente a un mar oscuro al que se oía batir ensañado contra las rocas. Y con el alba terminaron los bailes y comenzó la peregrinación. La marea humana se asentaba al borde del Atlántico para seguir el oficio religioso. Pasadas las dos de la tarde llegó la gran traca. Y el público quedó rendido ante el alarde pirotécnico antes de marcharse con la bendición del cura.