... Y yo con estos cuernos

C. F. VILAGARCÍA

SOCIEDAD

VÍTOR MEJUTO

Catoira revivió el saqueo de los vikingos, con su drakkar, sus cascos y sus espadas. Los invasores se llevaron un botín de vino y mejillones y gritaron todo cuanto se puede pedir La historia se nos tuerce a cada rato, decía un poeta que jamás fue al desembarco vikingo de Catoira. Aquí la historia está definitivamente torcida como los grandes cuernos auténticos que los jóvenes lugareños portan en sus cascos de poliéster. Se ha abierto el verano sobre el fondo de la ría de Arousa.

06 ago 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

Catoira duda de ser comienzo de mar o fin de río y, justo en el punto en que más duda, están los restos de las torres que Xelmirez plantó allí tan cristianamente para evitar los saqueos de sus diezmos. Las Torres do Oeste asistieron al espectáculo de los jóvenes guerreros que con dakkar incluido se lanzan a su desmedido asalto. La nave vikinga caracolea desde la pequeña isla hasta la costa y la gente se agolpa en las riberas o en las barandillas del altísimo puente para ver como maniobra el barco de madera. Los asaltantes no están nada preocupados por los bajíos de la zona de Oeste, ni por el barro que la marea deja cuando se va. Saltan de la nave y casi no encuentran resistencia. De la fiereza que se suponía a los nórdicos saqueadores quedan en la mañana una multitud de gritos, de gestos con espadas de madera o con hachas de plástico, que remiten a esa leyenda de miedo que la fiesta ha ido borrando. El grito El combate con los defensores, no se sabe si abandonados por Xelmirez, finaliza cuando uno de los nórdicos se encarama a lo más alto de la torre y grita sin banderas pero convencido. Se entiende la belicosidad de los atacantes: al final les espera un botín con vino y mejillones. El vino se bebe por los cuernos o los cascos. Ventajas de los vencedores.