Demasiado humanos

Susana Luaña Louzao
Susana Luaña EL MIRADOR

SANTIAGO CIUDAD

Mi madre ya llevaba pantalones en los años setenta. Los llevaba en el doble sentido de la palabra; los llevaba encima y los llevaba puestos; mi madre fue una de las primeras mujeres que se sacó el carné de conducir para repartir el pan y poner, más que un granito de arena, una playa entera en la economía familiar. Las faldas son un poco incómodas para eso; antes, ahora y siempre.

Como crecí al lado de una mujer con pantalones, pensé que el debate de la indumentaria estaba superado. Hasta que el nuevo gobierno de Valencia me abrió los ojos y me mostró que las figuras habituales en los semáforos eran masculinas. Hasta la fecha, yo pensaba que era un símbolo genérico que hacía referencia a todo ser humano, de cualquier edad o condición. Resulta que no, que las féminas hasta ahora cruzábamos la calle no sé si de forma alegal, ilegal o invisible. Descubierto tamaño símbolo de discriminación, lo ideal sería incluir señales luminosas que representen a los ancianos, a los niños, a los pobres y a los homosexuales. A cualquier colectivo marginado, como la mujer.

Y mientras el político de turno se marca un tanto, el machismo sigue por ahí campando a sus anchas. Cuando se desayuna, cuando se cobra la nómina, cuando la paridad se reduce a las matemáticas...

No es un debate de arrobas ni de discriminación positiva ni de términos gramaticalmente marcados. Lo es de personas. Y cuando se es persona, se respeta al prójimo -qué antiguo suena, ¿verdad? - y se le trata como a un igual. Entonces, hasta los semáforos se hacen humanos, demasiado humanos.