Agua para las nabizas


Tengo que reconocer que me gusta el tiempo de otoño, y especialmente los días de niebla baja, mañanas frescas y lluviosas, pero solo con lluvia menuda. Cuando mi padre supo que vendría a trabajar a Santiago, su primera recomendación fue cómprate un chubasquero y prepárate para el orballo. Le hice caso, pero en aquel otoño de 1997, del «calabobo» pasamos al temporal, y el primer impermeable, de color rojo, comprado con el sudor de mi frente, sucumbió en la riada de Padrón. Aquel otoño, el 14 de octubre dejó un récord de 218 litros/m2 en Santiago. Fue mi bautizo en Galicia, y quizás por eso todo lo que vino después me parece gloria bendita. Este fin de semana, cuando comenzó a orballar en Santiago, mi suegra Carmen me dio otra razón para disfrutar plenamente del orballo y estar agradecida por la llovizna. Ella, mujer nacida en rural del desaparecido Ayuntamiento de Enfesta y sabia en todo lo que tiene que ver con los cultivos, dijo sin inmutarse: «Orballa, auga para as nabizas», y aún nos regaló otra predicción meteorológica, para ver la lluvia con mejores ojos: «Outono chuvioso, ano copioso». Dicho esto, está claro que, por un buena cosecha de nabizas y un buen año, bien podemos aguantar unos días de lluvia. En el refranero popular hay cientos de enseñanzas que no se aprenden en los libros. Son frases sencillas que encierran el conocimiento adquirido por la experiencia y la capacidad de observación de nuestros antepasados, pero que se perderá irremediablemente porque cada vez escuchamos menos a nuestros mayores y somos incapaces de observar con atención.

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