La cara B de la historia de Melide

El museo comarcal divulga en visitas nocturnas episodios reales y leyendas de la tradición oral propia


melide / la voz

Cuando la de As Coles era la plaza principal de Melide, en el lugar que hoy ocupa la fuente sobre la que se erige una imagen en piedra de la virgen del Carmen, había una picota de la justicia. Y en ella se exhibió el brazo decapitado de Antonio López, cabecilla de la facción carlista en la montaña gallega. Él y otros de su bando habían caído en una emboscada de los liberales en Boimorto. Los asesinaron y descuartizaron; y en un gesto intimidatorio, sus miembros se repartieron por diferentes plazas públicas como la del Obradoiro, donde acabó clavada en una pica la cabeza del líder carlista. Es uno de los episodios que se narran en las visitas nocturnas que ofrece el museo de Melide para dar a conocer la cara más desconocida de la historia local, «a que non aparece nos libros», como bien explica Cristina Vázquez Neira, que dirige una ruta en la que también comparte leyendas de la tradición oral propia.

El recorrido, con paradas en distintos emplazamientos de la localidad para poner en contexto a los asistentes, parte de la propia sede de la galería, un antiguo hospital de peregrinos, referenciado en una leyenda del siglo XVI que se cuenta en el norte de Francia. El relato, de las andanzas de un noble que dejó su vida en Melide cuando peregrinaba a Santiago, forma parte del vasto legado inmaterial asociado al patrimonio artístico local. «É moita información para asumir nunha soa visita», afirma Cristina Vázquez al hilo de observar que los asistentes a las visitas acostumbran a repetir. Fue el caso de buena parte de los asistentes el viernes a la que fue la primera ruta de este curso, un grupo de media docena de vecinos, entre los que se admitía que repetían experiencia para tomar buena nota de lo que en ella se aprende.

El hecho de repetir es señal que denota que las visitas resultan amenas y de interés. En efecto, las dos horas aproximadas de duración se pasan volando, entre acontecimientos, anécdotas y leyendas como la que Cristina Vázquez y Xurxo Broz, colaborador de la galería, narran a las puertas del cementerio de O Castelo. Al parecer, su primer morador fue el hijo de la señora de la extinta casa grande de Pedrosa, en la rúa de San Pedro. Se cuenta la historia como un castigo a la mujer por pagar para que se desmantelase el camposanto que antaño existía enfrente de su casa en esa calle.

Lo que ya no es cuento, sino un episodio real, es el que narra el regreso a casa de un vecino tras pasar la noche en la fiesta de As Neves de Santa María, parroquia aledaña al casco urbano. Atajó por la cuesta por la que hoy descienden los peregrinos cuando dejan atrás la localidad, y al llegar a O Castelo vio a un grupo de gente dando vueltas alrededor de la capilla del lugar y entonado un canto.

La Santa Compaña

«Marchou e encerrouse na casa pensando que era a Santa Compaña, ata que días despois escoitou que eran uns veciños facendo penitencia por un familiar», concluye la narración Cristina Vázquez, que llama la atención sobre la fecha del relato. Es de finales de la década de los 50 y «aínda se cría na Santa Compaña», observa. «De onde a sacou a xente se non? Pois de historias coma esta», señala una de las asistentes a la visita.

Esas rogativas «tiñan que ser secretas e por iso se facían de noite», apunta Xurxo Broz, quien señala que era costumbre recurrir a ellas para obtener un buen destino en el servicio militar, tal y como testimoniaron Vicente Risco y Amador Rodríguez en el manual Terra de Melide. Son historias propias que forman parte de la tradición popular gallega y que «non se deben perder. Son as nosas pantasmas», defiende Cristina Vázquez, partidaria de recuperar las costumbres propias que dan identidad y autenticidad al Samaín.

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